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Como explica Iñaki Ábalos en el artículo Bartleby, el arquitecto (El País 10.03.2007), a veces la mejor decisión de un proyecto es decidir no hacer nada. Reivindicar la contención en un momento en el que parece que la arquitectura ha entrado en una pugna por conseguir un virtuosismo formal cada vez mas desligado de la realidad, es cuando menos, arriesgado. En el caso de la rehabilitación, definir los límites de la actuación y la no actuación es aun más necesario.
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La actuación se plantea como un trabajo de acupuntura: intervenir poco, rápido y con precisión. Poco, porqué la tipología edificatoria industrial es capaz de acoger las actividades propuestas sin sufrir grandes modificaciones; Rápido porqué en un contexto en que el tejido artístico de la ciudad tiene problemas de localización hay que dar respuestas eficaces a corto plazo; y precisas, porqué la economía de medios es el principal valor a tener en cuenta al abordar la viabilidad del proyecto.
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El proyecto se concreta en dos áreas de actuación: equipar los edificios de las infraestructuras necesarias, y dotar al conjunto de unidad y coherencia formal, generando un espacio representativo. Se plantea la activación de los edificios mediante la inserción de dos grandes motores – núcleos funcionales – que contienen todos los servicios necesarios para el funcionamiento. Estos núcleos son un elemento activo en la configuración espacial.
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Esta organización en forma de franjas funcionales es el punto de partida sobre el que se trabaja la caracterización formal del conjunto. La propuesta se remite a las raíces etimológicas e históricas del recinto y se formaliza una reinterpretación del concepto y significado de tartan (tejido característico de la cultura escocesa). El esquema funcional configura un nuevo punto de centralidad, el espacio para usos polivalentes relacionado directamente con la nueva plaza en el interior de manzana.
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